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De Horacio Berretta:

- EL SISTEMA CIENTÍFICO-TECNOLÓGICO QUE NECESITAMOS

- CIENCIA Y TÉCNICA PARA LAS MAYORÍAS

- TECNOLOGÍA CON ROSTRO HUMANO

- AL SERVICIO DEL PAÍS

- EL FUTURO DE LAS CIUDADES

De otros autores:

- CUANDO LA INVESTIGACIÓN TECNOLÓGICA NO ES SUFICIENTE

 

 

De Horacio Berretta

EL SISTEMA CIENTÍFICO-TECNOLÓGICO QUE NECESITAMOS, por Horacio Berretta

Gran parte del trabajo realizado por el hombre puede hoy ser reemplazado por la máquina.

En esta creciente mecanización del trabajo conviene reflexionar, acerca de sus logros y peligros, valorando su significación no sólo económica sino también social y humana.

Es útil recordar lo dicho por un viejo líder chicano: "ojo, que cada invento que traen los gringos, quedamos un escalón más abajo y ¿hasta cuándo?".

Por ello, ante el deslumbramiento de la tecnología de avanzada debemos considerar también su impacto en la creciente supresión de empleo, tema del cual poco se habla.

Nunca hemos estado tan cerca de terminar con los aspectos más inhumanos del trabajo; sin embargo, las tecnologías cada vez más sofisticadas que vienen del Norte, en lugar de liberar al hombre, terminan compitiendo con él para quitarle el "pan de cada día", como vemos que está ocurriendo en el mundo entero y, por ende, también en Argentina.

Luego, en nombre del progreso y la modernización , se promueven más ajustes, despidos, quita de sueldos y mayor importación de tecnología expulsora de mano de obra.

Todo esto en el marco de una globalización irracional del materialismo más crudo, del ego y el triunfo de los poderosos, con su secuela de injusticia, pobreza, resentimiento y creciente violencia e ingobernabilidad de la vida ciudadana. Sin embargo, cabe recordar que los postulados de la modernidad predecían, ayer, la felicidad y el bienestar del género humano a partir del desarrollo científico–tecnológico y de la generación del intercambio universal.

Ahora vemos que las cuantiosas riquezas producidas por la aplicación de aquellos principios se alejan cada día más de las bases de la sociedad y llegaremos a 4.000 millones de hombres subsistiendo con menos de dos dólares diarios de ingreso, en los dos primeros decenios del siglo XXI .

No obstante, predomina la actitud reaccionaria de quienes miden el progreso no por la búsqueda de la humanización de la vida de las mayorías, sino por el beneficio minoritario, a la sombra de bellas abstracciones y a espaldas de la realidad concreta.

Como se ve, el progreso técnico y el progreso humano no siempre caminan parejos, porque es un problema espiritual y moral.

En medio de la opulencia y el derroche, de los sectores de poder, debemos pensar urgentemente en términos no ya de desarrollo, sino de necesidad de subsistencia de las mayorías excluidas por la voracidad del "dios mercado".

Parte desde aquí la afirmación y la búsqueda de un estilo tecnológico más apropiado al mejoramiento de la calidad de vida de todos los seres humanos y, por lo tanto, no violento, no elitista, no alienante.

Nuestra soberanía cultural (más importante que nuestra soberanía física) requiere no seguir dejando pasar indiscriminadamente al "caballo de Troya" de la tecnología sofisticada, generada en los grandes centros de poder, en interesada relación con las decisiones económicas y políticas de quienes nos digitan en todos los campos. Tenemos que ser conscientes de que "en lo científico–tecnológico se puede reconocer el núcleo del problema de la liberación pues sin base propia adecuada y suficiente, la liberación es imposible".

Por lo tanto, el mayor reto para la ciencia y la técnica del futuro será definir si se la sigue atando sólo a una idea engañosa del crecimiento económico (ajeno a la realidad social) o se la vincula con la satisfacción creciente de las necesidades espirituales y materiales de todos los seres humanos y, en nuestro país, supliendo recursos escasos con un mayor aporte de creatividad del sistema.

La adecuada tecnología, para los países del Tercer Mundo, debería orientarse "al correcto y armónico desarrollo de la sociedad global" y "a la amable convivencia de la naturaleza”, canalizando la libertad creativa hacia la satisfacción de los intereses del pueblo, todo.

Por último, nada de esto será posible sin un decidido cambio de rumbo moral y ético de nuestro dirigencia mundial y local, sin una realista participación (democracias sociales, no formalistas) y sin el fortalecimiento de un Estado orientador, viabilizador y defensor de los derechos de los más débiles, para alcanzar un efectivo reparto de los recursos, bases esenciales para generar "pasito a pasito", una "nueva civilización más universal y solidaria”.

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CIENCIA Y TÉCNICA PARA LAS MAYORÍAS, por Horacio Berretta

Asistimos a una de las mayores incoherencias del pensamiento y de la conducta del hombre civilizado. En efecto, las propuestas de la modernidad a fines del siglo pasado prometían ser garantes del progreso ilimitado del hombre, generadoras de su liberación y felicidad a partir del desarrollo tecnológico y del intercambio global. Flagelos y desigualdades desaparecerían gracias a modelos de desarrollo irrestricto para todo el género humano.

Hoy constatamos el inmenso crecimiento de las riquezas con el concurso de la tecnología y de la globalización del mercado, pero en la era de los vuelos espaciales y de la electrónica, en un marco de democracia formal, el número de pobres aumenta inexorablemente y aumentará en América Latina a razón de un millón de personas por año en los dos próximas decenios. Un vaticinio que se cumple en nuestro propio país.
En el mundo (como señala Wolfensohn, presidente del Banco Mundial), el número de personas de extrema pobreza ha crecido de mil millones a mil trescientos millones en cinco años, y en los dos próximos decenios habrá cuatro mil millones de personas que perciban menos de dos dólares por día.

Por otra parte, estamos iniciando una "nueva revolución tecnológica", aunque el grueso de la humanidad carece aún de los beneficios prometidos por la Revolución Industrial. Esta tercera revolución técnico-productiva y de comunicaciones entraña, pues, una aguda crisis económica en el orbe y en ella millones de individuos seguirán perdiendo su trabajo mientras el poder adquisitivo de las masas se irá apagando progresivamente.
Se calcula que para mediados del siglo, gracias a las tecnologías de avanzada, bastaría sólo el 20% de la mano de obra mundial para la extracción y la producción, repartiéndose el resto en servicios y desempleo masivo, con hambruna, revueltas, y también la tentación por el totalitarismo.

Nunca hemos estado tan cerca de cumplir el viejo deseo de liberar al hombre de las penurias del trabajo agobiante e inhumano gracias a la tecnología, pero debemos tener en cuenta también que, estando tan próximos del cielo, estamos pisando las puertas del infierno.

Como decía Butros-Ghali ya en 1996: "No podemos olvidar que estamos sentados encima de un volcán, ya que la violencia pasiva y la activa que confinan masivamente al hambre y a la desesperación, resultan tan devastadoras como los campos de concentración de Hitler y de Stalin”. En este contexto, la idea de un desarrollo armónico y lineal ya no es pensable. Por lo tanto, es urgente imaginar el futuro en términos al menos de subsistencia para las mayorías.

Auscultando los signos de los tiempos comprobamos que el progreso técnico y el progreso humano no caminan parejos porque, en el fondo, el problema del progreso técnico y humano es un problema espiritual y moral. Parten de allí el desarrollo y la selección de la tecnología conveniente o apropiada "a todo el hombre y todos los hombres", esto es: la tecnología no violenta ni alienante. Hay que buscar caminos tecnológicos que puedan prolongar el brazo del hombre para la subsistencia y el inicio de un generalizable desarrollo material y espiritual,

El reto es poder salir hoy de la torre de marfil, para devolver en parte al pueblo que la sostiene el rédito necesario, orientando el conocimiento para ponerlo al servicio de las necesidades actuales: el desarrollo de una tecnología no expulsora de mano de obra; salud y medicamentos de bajo costo; vivienda económica; agroindustrias; planificación del desarrollo integral; regionalización bioceánica; economía centrada en el hombre; seguridad; organización comunitaria y más.

Reforzaremos de esa manera líneas de una tarea de servicio y una mística de acción dispuestas a colaborar con diversas corrientes en la edificación de un nuevo proyecto de sociedad en el cual la ciencia y la técnica asuman un rol comprometido, aunando sabiduría práctica con justicia y libertad.

Así, en nuestro país, tanto el sistema científico-tecnológico como los que integramos centros y grupos de investigación no podemos desentendernos de los graves problemas a cuya resolución debemos contribuir con nuestras tareas ampliando los alcances de una visión de servicio de la ciencia y de la técnica, dado que no basta acumular conocimientos si éstos no se concretan en soluciones apropiadas para afianzar la calidad de vida de las mayorías y el mejoramiento económico y social del país.

(Artículo publicado en La Nación el 26 de abril de 2004).

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TECNOLOGÍA CON ROSTRO HUMANO, por Horacio Berretta

El problema de la pobreza se agudiza en el escenario opulento de la sociedad consumista por el generalizado desinterés de la dirigencia para erradicarlo. Sin embargo, son enormes las riquezas producidas mundialmente. Por lo tanto resulta contradictoria la creciente brecha entre riqueza y pobreza. Se hace urgente, para abrir nuevos caminos, evaluar además de sus causas de orden moral, económico y político, aquellas de orden tecnológico que concurren a multiplicar el flagelo.

Ante la generalizada aceptación de un estilo de tecnología agresivo, alienante y expulsor de mano de obra, ofrecido como único camino de modernidad y desarrollo, no podemos dejar de recordar que el siglo XIX acariciaba la idea de una abundancia y  felicidad ilimitada, para todo el género humano, a partir del desarrollo científico-tecnológico y la generación de un mercado universal. Hoy, comprobamos que éste camino ha contribuido a que los ricos sean cada vez más ricos y los pobres más pobres.

Se calcula que habrá, en los dos próximos decenios, más de 3.000 millones de hombres con menos de dos dólares diarios de ingreso, mientras 100 multinacionales concentran el 60% de la riqueza mundial. Como se ve, el progreso técnico y el progreso humano no siempre van juntos, porque en el fondo “el problema del progreso técnico y humano es un problema espiritual y moral”.

Por otra parte, el intelecto, aplicado al desarrollo tecnológico, conlleva una función social irrenunciable y no puede seguir sujeto al negocio, a la prepotencia del poder y a la zoncera alienante.

El proyecto liberador de “alargar los brazos del hombre” para humanizar el trabajo y multiplicar el empleo se va convirtiendo en la búsqueda de un mayor beneficio para el capital, en la generalizada expulsión de mano de obra.

No obstante, nunca se estuvo más cerca del ideal de suprimir esfuerzos inhumanos del trabajador reemplazándolos por el robot, pero éste, en vez de liberarlo, compite hoy para quitarle el pan de cada día. En el  marco de la globalización irracional del individualismo crece el materialismo más crudo, el ego y el triunfo del poderoso y astuto, con su secuela de injusticia, pobreza, frustración, resentimiento, violencia e ingobernabilidad.

Un caballo de Troya

Parte de aquí la búsqueda y afirmación de un estilo tecnológico apropiado al mejoramiento de la vida de las masas, junto a la visión de un nuevo modelo económico, adecuado para orientar una civilización más humana, justa y solidaria.

Nuestra soberanía cultural requiere no seguir dejando pasar indiscriminadamente el caballo de Troya de la tecnología sofisticada generada en los centros de poder y en interesada relación con decisiones económicas y políticas de quienes nos digitan en todos los campos.

El mayor reto para la ciencia y la técnica del futuro será definir si se la sigue atontando mediante la sola idea, engañosa, de un crecimiento económico ajeno al desarrollo integral o se la vincula con la satisfacción creciente de las necesidades espirituales y materiales de todos los seres humanos. En nuestro país, el sistema científico-tecnológico debería orientarse con premura a dar prioridad, junto con la excelencia académica y la administración de la ciencia, al desarrollo o adaptación de la tecnología necesaria a todo el hombre y todos los hombres, con profundo sentido de servicio, de acuerdo con necesidades sociales prioritarias y el apoyo para la reconstrucción del mercado interno.

¿No ha llegado el momento de retomar el pensamiento de Gandhi y Ernst Friedrich Schumacher, planteando rectificaciones para generar tecnologías de función social y desarrollar un estilo tecnológico con rostro más humano y ecológico? En caso contrario, también desde este campo, seguiremos colaborando en que se cumpla la ironía profética de Toffler ¿Por qué seguir cargándonos con un ejército analfabeto y desnutrido que poco puede aportar a la construcción de un mundo radiante y luminoso?

(Artículo publicado en el diario La Nación el 15 de junio de 2000).

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AL SERVICIO DEL PAÍS, por Horacio Berretta

“Debemos tener un ejército de científicos
 y tecnólogos servidores de la Nación,
 que den respuestas a las necesidades del pueblo”
Mahatma Gandhi.

En momentos en que se han abierto nuevas alternativas políticas, teniendo como trasfondo la trágica globalización del desempleo y la pobreza, es importante ponderar con visión de futuro el papel de la investigación científica, tanto como del desarrollo tecnológico, para el mejor desenvolvimiento económico, social y cultural del país.

Dado el tono polémico que ha tomado el choque de visiones contrarias con vistas a definir y no sólo administrar una conveniente política  en el Sistema de C y T  del país, se hace necesario señalar algunos hitos, con claridad.

En primer lugar, debemos preguntarnos si el país necesita C y T nacional, para la solución de problemas urgentes como: salud y empleo masivo, tecnología no expulsora de mano de obra, medicamentos de bajo costo, vivienda y organización social, planificación del desarrollo, seguridad, agroindustria, educación popular, economía centrada en el hombre y no sólo en el lucro.

En segundo lugar es necesario dar prioridad, a partir de la realidad y los recursos existentes, al establecimiento de proporciones justas para desarrollar adecuadamente, por un lado, la investigación científica y, por otro, el desarrollo y la innovación.

En  Argentina se constata que el sistema de C y T (de manera inversa a lo que ocurre en los países centrales), se ha orientado prioritariamente al conocimiento básico, la publicación de “papers” en el exterior y la formación académica, mientras existe un escaso desarrollo y adaptación tecnológica, aplicados a los problemas esenciales.

En tercer lugar, este predominio de la ciencia básica se ha expresado en una exclusiva visión lineal de C y T que desconoce el valor creativo de ésta, ya que hoy no se puede continuar reduciéndola sólo a la aplicación del saber científico en los diversos campos del hacer práctico, sino que se debe visualizar el desarrollo tecnológico como un sistema independiente que, si bien considera los avances del ciencia, posee conocimientos propios y procedimientos diferentes.

Sin embargo, el vacío en desarrollo tecnológico (por ausencia de una política nacional equilibrada) nos ha llevado a importar 20.000 millones de pesos en tecnologías del exterior, en gran medida expulsadoras de mano de obra, con la escuela de desocupación y miseria y la destrucción del mercado interno.  Un verdadero naufragio.

Carrera del tecnólogo

Comprobamos pues, que el país se ha desenvuelto en el campo económico, social y del espacio, con escasa aportación del sistema de C y T.

Se comprueba también que dicho sistema se ha desarrollado con brillantez y gran sacrificio por parte de muchos centros de investigadores, pese a la escasez presupuestaria y espasmódicas y contradictorias intervenciones del poder político aunque respondiendo en general a modelos tomados del exterior (sistema exogenerado) y permaneciendo demasiado centrado en sí mismo  (endodirigido).

Como corolario, y no obstante la generalizada ponderación de la actividad de C y T, ésta no ha influido suficientemente en la vida del país, debido tanto al desinterés de la dirigencia política como al propio sistema, y esto debe ser cambiado con racionalidad y sentido social, nacional y americano.

Pese a las constataciones apuntadas, se sigue imponiendo en la formación de todo investigador exigencias de formación académica en ciencia básica, sosteniendo paradójicamente que esto contribuye a un adecuado desarrollo del sector tecnológico, para enfrentar compromisos de innovación crecientes, sin visualizar la carrera apropiada del becario tecnológico y el tecnólogo.

Nuestro sistema se ha orientado hacia el conocimiento básico y hay poca adaptación tecnológica.

Los éxitos de la ciencia y la tecnología dependen principalmente de su inserción social y también de un cambio de mentalidad en la dirigencia política.  Bienvenida la polémica existente en la medida en que pueda ser esclarecedora y capaz de un auténtico diálogo para conocimiento mutuo, respeto y sano intercambio entre los dos sectores y las respectivas autoridades que  conforman el sistema de ciencia y tecnología para devolver al país lo que él nos da y debería dar, para realizar nuestra tarea.

En el marco de lo dicho, creo que es urgente implementar una equilibrada y progresiva política de ciencia y tecnología, con un permanente y democrático organismo de consulta para adecuar visiones e intereses diversos, compatibilizados con los del país, dando prioridad a las necesidades nacionales y de la gente, según las respectivas ramas de la ciencia y la tecnología.  Dejemos de soñar con un Primer Mundo tan lejano del hambre y la exclusión, y orientemos la producción de conocimientos y su aplicación, y estimulemos la excelencia, con un profundo sentido de servicio de todo el hombre y todos los hombres.

(Articulo publicado en el diario La Nación, 28/04/2000).

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EL FUTURO DE LAS CIUDADES, por Horacio Berretta

Introducción

Los pobres invaden y sitian las ciudades y se multiplican hasta el infinito. En tanto, los estados en bancarrota se retiran de vivienda, salud y acción social.

Los políticos se enredan en negocios, discursos y peleas. La universidad fabrica títulos, el sistema científico descansa en premios Nobel y las tecnologías que compramos generan desempleo.

El sistema educativo insiste con Hamurabi, las plantas fanerógamas y la producción en Surinam, mientras las pantallas de TV y cine constituyen la mejor escuela de violencia, perversiones y zoncera.

Las bellas gentes comen caviar, hacen “surf” ante las cámaras y recalan en “islas felices entre rejas, cuidadores y videos” mientras los pobres pasan hambre y se llaman dos tercios de la humanidad.

Los municipios plantan flores y decoran plazas y calles que invaden “nuevos pobres” con sus mendicidades y chucherías.

La Iglesia jerárquica duerme evocando el pasado.

El imperio imparte al orbe sus consignas y celebramos en la Bolsa la “timba” de los ricos.

Estamos instalados en la “sociedad de consumo”, de futuro incierto para los que no son “como uno”. Así, el resentimiento y la pobreza producen más caos, violencia, prostitución, inseguridad, droga.

La indiferencia y la injusticia tensan la cuerda... ¿cuánto resistirá sin cortarse y sin romperse? Aquí está el problema. (1)

Comuna y pobreza urbana

Sin embargo, los pobres son hoy los nuevos constructores de ciudades. Nos olvidamos de su suerte, pero ellos nos van sitiando y ocupan los espacios y colman las ciudades y las ciudades se hacen inmanejables como constatamos cada día, aquí en Córdoba, y en el mundo.

En este caos semioculto conviene tener en cuenta que estamos en el siglo de la injusticia conciente, pero también de la solidaridad que se organiza.

Por ello, la acción comunal no puede seguir desentendiéndose de los graves problemas que padecen principalmente sus integrantes más débiles, que en muchos casos son la mayoría. Ya no es pensable la acción del municipio dedicada sólo a la pavimentación y barrido de calles, colocación de flores en la plaza, construcción de monumentos, cementerios y vías blancas, y los servicios de rutina.

La acción comunal no puede tampoco seguir pasando, pues, por mera acción administrativa e intervenciones de plástica urbana, sino que debe, progresivamente, ir tomando el campo de la planificación económico-social y del espacio, en el marco regional y nacional.

Así también, en las grandes urbes como Buenos Aires, Córdoba, Rosario, Tucumán etc., que son grandes productoras de riqueza, no basta tampoco una descentralización administrativa (aunque ya de por sí es importante), si no se acompaña con un racional y efectivo reparto de poder para concretar una auténtica participación democrática más allá de los clásicos “slogans” políticos. Sólo así evitaremos aquello de:

yo participo
tu participas

él participa

nosotros participamos

y ellos deciden

tan funesto para la democracia social.

No se trata tampoco de introducir problemas semánticos, cambiando los clásicos términos de “planificación integral” por las palabras de la moda internacional: “planificación estratégica”, plan sustentable”, “amenazas y oportunidades”, “escenarios” etc., sino de buscar la forma de concretar un ordenamiento justo, posible y efectivo de los recursos y acciones locales, para beneficio de toda la comunidad y no sólo de los que tienen peso y poder.

Cabe refirmar que nos hemos ido resignando, con diversas disculpas, al terrible espectáculo de los crecientes bolsones de pobreza y miseria que crecen con la globalización de la economía imperial, con ajustes desaforados, con la tecnología expulsora de mano de obra y la injusticia social, con la masiva vivienda precaria.

Como dice Juan Pablo II: “Las multitudes de pobres se hacinan en búsqueda de refugios improvisados entre las migajas de un consumismo derrochador e indiferente”. (2)

Sin embargo el derecho a la vivienda y el derecho al trabajo honrado forman parte de un único designio de convivencia que necesita proporcionar a todos, sin discriminación, condiciones humanas y dignas de vida.”Toda ciudad debería sentirse comprometida a convertirse realmente en la ciudad de todos”. (2)

Podemos decir que las ciudades y metrópolis modernas son lugares de mejores servicios y oportunidades, pero también es cierto que en ellas reina un creciente clima de indiferencia, soledad y miseria, producido por el egoísmo materialista del consumo irrestricto.

Todo esto es un desafío que se debe afrontar con prontitud, generosidad y sentido de responsabilidad.

Con este panorama resulta curioso que de los casi 1700 municipios del país sean contados aquellos que han iniciado algún cambio con vistas a encarar no ya la globalidad de los problemas de la población, sino al menos los más candentes como: vivienda, trabajo, salud, educación etc., con activa participación de los propios interesados.

Aquí se encuentra el núcleo del problema: repartir equitativa y democráticamente fondos y poderes para encarar soluciones cada vez más integrales. El traspaso de acciones, poderes y fondos de la Nación a las provincias implica que éstas hagan lo propio en beneficio real de los municipios, y éstos a favor de los pobladores organizados, ONGs, sociedades intermedias etc.

Esto es: desestatización, descentralización y desburocratización para enfrentar efectivamente la participación organizada, para solución de fondo de los problemas del país, la región y el municipio.

En esta línea fueron modelos la tarea encarada en la Provincia de Mendoza acerca de la descentralización hacia los municipios en el campo habitacional, o la creación de la Mesa de Concertación en la ciudad de Córdoba, verdaderas acciones demostrativas y democráticas que, con sus falencias, pusieron, sin embargo, algo de luz y esperanza en el futuro de un desarrollo más generalizado de “todo el hombre y todos los hombres”.

Así también creo necesario poner como modelo la tarea socio-espacial emprendida por la comuna santafesina de Rafaela y una anterior administración de Zárate, entre otras.

El futuro será más promisorio en la medida que aprendamos entre todos, y especialmente la dirigencia técnica y política (con humildad y decisión), a encarar el más grande flagelo de nuestro tiempo: la injusticia social, con pobreza generalizada y falta de trabajo para millones de hogares olvidados. Aquí se juega, sin lugar a dudas, la suerte de las ciudades... y porqué no, también, de la humanidad toda.

Agosto 1996

(1) El tema de la introducción se inspira en el escrito del poeta peruano Mattos  Mar.

(2) Juan Pablo II. Mediación acerca de la Conferencia Habitat II en Estambul. L’Osservatore Romano, Nro. 24, junio 1996.

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De otros autores

CUANDO LA INVESTIGACIÓN TECNOLÓGICA NO ES SUFICIENTE

Algo más que investigar

Para cumplir con nuestra misión como técnicos en el campo del hábitat popular, para alcanzar resultados adecuados, las tareas correspondientes tenemos que abordarlas a través de variados aspectos: sociales, legales, jurídicos, económico-financieros y, también, constructivos. Ninguna de estas disciplinas por sí misma o, incluso, más de una reunidas, pero en ausencia de otras, podría alcanzar resultados suficientes si nos ponemos como meta el desarrollo humano.

Utilizaremos como pie el párrafo anterior, para atrevernos a avanzar un poco más y plantear que, para cumplir nuestra función como seres sociales, más amplio que el de técnicos y/o de investigadores, no basta con participar en la investigación. Ni siquiera cuando los objetivos de ésta sean incuestionables en relación a la misión autoimpuesta, tendiente en nuestro caso, usando las mismas palabras de AVE, a reforzar “los valores de la solidaridad y de la justicia, para que los beneficios del desarrollo incluyan equitativamente a todos sus habitantes”.

Pero, antes de acercarnos al eje de este trabajo, comencemos hablando de la investigación, de la ciencia, de la tecnología. Según el Arq. Jorge di Paula “tradicionalmente, la investigación pretendía regirse por procedimientos propios incontaminados por la arena social, económica o política”. “La ciencia –agrega- fundamentalmente la ciencia básica orientada por el afán del conocimiento per se independientemente de sus posibilidades de aplicación en la práctica social”. Afortunadamente, el autor citado usa el pretérito, de manera que, podríamos suponer, ya no es igual. Aunque en muchos casos lo sigue siendo.

Alguna vez un filósofo, creo que Miguel de Unamuno, y finalizo con las citas, expresó su descreimiento de la ciencia, contraponiéndola a la sabiduría. Decía que la ciencia quita sabiduría a los hombres y los convierte en fantasmas cargados de conocimientos. Puede haber algo de cierto en esto; yo no me animo a tanto y me pregunto si no será necesario unirlas (la ciencia y la sabiduría) en lugar de contraponerlas. Por qué no sumar investigación y sabiduría, me pregunto: es decir saber para qué investigamos. Lo primero que se nos ocurre al formularnos esta pregunta, es profundizar ese para qué, que no es ajeno al para quiénes. Con esta inquietud entonces, nos vemos obligados a analizar, ante todo, el marco en el cual trabajamos.

El marco en el cual investigamos

Si pensamos en un marco global, tal como es el que nos proponen, me refiero a la globalización tan promocionada, podemos afirmar que estamos cansados de quienes abusan de los números con el propósito de terminar confundiéndonos. Es por ello que vamos a elegir solamente tres, ya que ordenándolos y relacionándolos adecuadamente, son también capaces de convertirse en palabras y pueden decirnos cosas de importancia. A veces bastan dos o tres para derrumbar mentiras con las que, a fuerza de reiterarlas, nos quieren vender un paraíso; por nuestra parte elegimos estos tres: si cuatrocientos cuarenta y siete (447) individuos son dueños de una riqueza mayor al ingreso anual de toda la humanidad y mil doscientos millones (1.200.000.000) en cambio, sufren la ofensa de tener que subsistir con menos de un (1) dólar por día, bastan estos tres números (447, 1.200.000.000, 1) para destruir los aleluyas dedicados a la economía de mercado, por lo menos cuando se la propone sin reglas y sin límites. Sin duda, estos solos números nos obligan a pensar que alguna otra cosa deberemos encontrar. Digo, otros modos de producción y de distribución de la riqueza; otros modos de tomar decisiones y de relacionarnos; otro modo de incluir justicia, solidaridad, equidad, en las reglas del juego de vivir; un nuevo proyecto de desarrollo humano.

Si venimos a nuestra América, y recorremos sus últimos decenios, comprobamos que las oportunidades de trabajo se fueron haciendo cada vez más difíciles en muchos lugares (sobre todo en pueblos pequeños y zonas rurales). La gente debió vencer la frustración del desarraigo y emigrar, casi siempre hacia las aglomeraciones más grandes, donde se suponía que las oportunidades de obtener algún empleo o de poder desarrollar alguna actividad informal eran más favorables. Pero estas esperanzas casi nunca se concretaron y, cada vez más familias, terminan marginadas en asentamientos irregulares. En consecuencia se necesitan más viviendas destinadas a los sectores de menores recursos; sin embargo, se construyen cada vez menos. Los bancos hipotecarios solamente financian a sectores con poder adquisitivo suficiente; los emprendimientos privados también; los ministerios o secretarías de vivienda ven recortados sus recursos. A esta altura, ya en el nuevo siglo, son muchos millones los hermanos que no esperan vivir mejor, aspiran a mucho menos: sencillamente a vivir. Pero este logro, este derecho a la vida, es algo que no solamente ellos necesitan y merecen; todos necesitamos para vivir en paz con nosotros mismos, para disfrutar la porción de universo que nos toca, que puedan vivir dignamente quienes nos rodean, nuestro prójimos, próximos o lejanos.

Lo que al principio decimos sobre la investigación probablemente sea aplicable a todos los campos de la ciencia, pero ahora vamos a ceñirnos a la investigación en nuestro tema: el hábitat. Habitar es una parte del vivir, una parte importante del vivir, tanto como la alimentación, la salud, la educación. Y habitar es la parte del vivir que trabaja nuestro oficio, el oficio de arquitectos (lo restrinjo aún más, nuestro oficio de viviendistas); ya en nuestro terreno por lo tanto (y con esta palabra terreno aludo a su doble significado, o sea disciplina, tema, área de reflexión, pero también tierra, lugar, sitio en el que se construye el hábitat del hombre, sitio en el que se asienta nuestro oficio), ya en nuestro terreno entonces, no son necesarios números: me limito a decir que la gente habita mal.

Me basta, nos basta, recorrer suburbios, barrios de los costados, en nuestra ciudad o en las de ustedes, para comprender que la gente habita mal; son muchos, muchísimos los que habitan mal. No hace falta contarlos para afirmar que vivimos en una emergencia habitacional, porque la realidad nos rompe los ojos (y el corazón). Como dice el amigo Julián Salas, hay “hambre de vivienda” en toda América Latina. Hambre que hemos instalado los propios hombres (no sé hasta dónde esto es cierto, no sé hasta dónde, en un exceso de humildad, debemos asumir o compartir culpas); tal vez sea más verdadero afirmar que la han instalado las políticas perversas, los conductores de la economía mundial, la codicia irrefrenable de los grupos económicos voraces e insaciables.

A veces, al atardecer, nos tienta el deseo de disfrutar el saludable ejercicio de caminar sin apuro; hay para elegir muchos paisajes hermosos, con verdes abundantes, jardines magníficos y construcciones espléndidas; barrios enteros de casas suntuosas que, además de suntuosas, muchas veces, debemos reconocer que son bellas. Sería hermoso poder hacerlo, recorrer veredas arboladas, comparar estilos, admirar flores y fachadas. Si no fuera que del otro lado de la gran avenida o en la otra orilla del río que cruza la ciudad, encontramos villas miseria argentinas, cantegriles uruguayos, favelas en Brasil: senderos de tierras llenas de charcos, latas amontonadas con vocación de refugio, gentes hacinadas en camas superpuestas, chiquilines sin porvenir. Muchas veces hambre.

Este es el marco en el que debemos investigar. Es imprescindible que no lo olvidemos.

La investigación vinculada al hábitat

En nuestro trascurrir dentro de la institución, hemos compartido un compromiso que no ha sido con las tecnologías de punta, con experiencias encerradas en un gabinete, con encomiendas de grandes empresas. La tarea inicial fue estar en los barrios, observar cómo construye la gente, trabajar con sus mismos materiales: ladrillos, arena, cemento, hierro, madera; con sus mismas herramientas: cuchara, nivel, plomada; con sus manos; poco más. Siempre trabajar con productos del mercado y ya adoptados por la gente. Con el esfuerzo propio y la cooperación. Maneras nuevas de usar viejos argumentos; éste ha sido un punto de partida conceptual. Más de 30 años de actividad lo atestiguan.

Además, estuvieron presentes en nuestros primeros planteos, la necesidad de obtener construcciones confiables, con los umbrales de confort mínimos al que todo ser humano tiene derecho para ejercer su oficio de vivir; pero también, la necesidad de lograrlo con los escasos recursos que los pobladores podían disponer: subir confiabilidad y confort manteniendo costos fue todo un desafío, en el que se logró avanzar. Sin embargo, la economía en que nos obligan a vivir nos condujo, año tras año, a situaciones de pobreza creciente; la ecuación se alteró entonces, y se convirtió en mantener confiabilidad y confort disminuyendo costos; en este nuevo compromiso, con enormes dificultades, también se logró avanzar. Pero por esta pendiente que es la economía regional llegamos a una tercera ecuación, o a un sistema de ecuaciones, que ya no es posible resolver desde la tecnología.

Insistimos en que no entraremos a analizar números para demostrarlo. Si bien hay veces en que éstos ayudan a interpretar hechos o procesos, en otras oportunidades mirar la realidad es suficiente. No hace falta hoy manipular deciles y cruzarlos con curvas de ingreso; basta recorrer cualquier ciudad de nuestro Cono Sur, de cualquier país de América Latina, para que veamos vecinos nuestros amontonados en tierras abandonadas por los ferrocarriles, en orillas de ríos que no siempre respetan sus cauces, gentes hacinadas en sectores urbanos tugurizados por falta de mantenimiento luego del abandono de sus antiguos residentes. Antiguos residentes que acudieron primero a barrios residenciales y, últimamente, se refugian en cotos privados con calles cercadas que dejaron de ser espacios ciudadanos. El número creciente de viviendas imprescindibles para recuperar la dignidad colectiva, se contrapone con políticas públicas que abandonan la atención de los derechos humanos, entre los cuales, un sitio para vivir es uno de los fundamentales.

Leía, en algún momento, la Declaración de Estambul sobre los Asentamientos Humanos en la que los Jefes de Estado y de Gobierno se comprometen, entre otras cosas a “garantizar una vivienda adecuada para todos”. Han pasado siete años desde entonces, y no es que el compromiso no se haya cumplido; es que no se ha comenzado a hacer nada para cumplirlo. Por el contrario vemos aparecer barrios exclusivos que se construyen para ricos y barrios marginales que se construyen por los pobres; en consecuencia asistimos, cada vez más, a un proceso de fragmentación social donde la pobreza se separa para reproducirse, porque los barrios pobres que crecen en las periferias abundan en niños que asisten a escuelas que también son para pobres; niños pobres que viven toda su experiencia en un mundo de pobres, sin intercambios con otros sectores de la sociedad. Contra este círculo, vicioso en su reproducción de la pobreza, no es mucho lo que puede hacer el solo desarrollo tecnológico.

El hábitat, la investigación y el contexto

Aquí es cuando estamos comenzando a plantear el tema que nos parece central y que es el que pone límites a todos los resultados que puedan obtenerse desde la ciencia y la tecnología. Vemos dos tipos de límites; uno es interno al sistema científico-tecnológico, reiteradamente reconocido por otra parte, y tiene que ver con los recursos destinados a la investigación; otro es externo a dicho sistema, y se relaciona con el contexto en el que se trabaja, fuertemente vinculado a las carencias sociales y económicas que hemos señalado antes; tiene que ver, fundamentalmente, con la actitud de los técnicos vinculados al sector frente a dicho contexto; o sea que podríamos considerarlo externo al sistema, pero no es externo a quienes lo integramos.

En relación al primer tipo de límites, comprobamos que mientras las naciones desarrolladas, de sus enormes productos brutos, destinan más del 2 % (a veces hasta 3 %) a investigación y desarrollo (Alemania, Francia, Estados Unidos), nuestros países no llegan al 0,5 % de productos brutos muy inferiores (Brasil 0,6; Colombia 0,4; México 0,31) según los últimos datos que obtuvimos. Las consecuencias de estos datos, de esta bajísima inversión, no son difíciles de extraer: la brecha entre nosotros y quienes nos dominan no dejará de crecer. Por otra parte, aun dentro de estas carencias y dificultades, cuando se arriba a resultados exitosos en la generación de procesos y productos, encontramos otro límite en la escasa voluntad de nuestros gobiernos por favorecer la aplicación de tales resultados.

En una definición de objetivos que debería ser integral, la inversión en ciencia y tecnología necesita estar acompañada de una promoción que contemple la aplicación de sus resultados por el sector productivo, tanto el público como el privado. Sin embargo, esto no sucede: muchas veces se investiga para archivar los resultados. Vemos en esto falta de inteligencia pero, también, intereses creados: “camarillas de cabilderos” que, en un idioma que no es el nuestro llaman lobbies, influencian, mediante prebendas de diferente tipo pero siempre tentadoras, cooptando las voluntades de quienes deciden. De tal modo terminan imponiendo tecnologías importadas, no siempre mejores desde el punto de vista estrictamente técnico y casi siempre perjudiciales para los intereses de la sociedad. Casi siempre terminan ignorando las capacidades que no se encuadran en el marco habitual de las organizaciones empresariales, despreciando enormes fuerzas productivas de la sociedad que, con un apoyo coordinado podrían multiplicar y mejorar sus logros. Es así que, ya en 1994 afirmábamos, en un trabajo elaborado para una Red de CYTED “por qué el déficit de viviendas no se soluciona con planes de vivienda”, pues entendíamos que el crecimiento del déficit y la importancia de la autoproducción, responsable del 75 % de lo construido en vivienda, hacía ineludible atender a este sector con políticas alternativas. Es que, desde mucho antes, era visible que con planes clásicos, de conjuntos habitacionales llave en mano construidos por grandes empresas constructoras, era imposible atender las nuevas necesidades que surgían cada año y, menos aún, recuperar los enormes déficits acumulados.

Así llegamos al segundo tipo de límites, el que nos introduce en nuevas reflexiones, probablemente polémicas, que tal vez no estén perfectamente encuadradas en los objetivos de este seminario, pero que no queremos dejar de expresar, con el propósito, por lo menos, de dejar planteado su debate.

Si no queremos renegar del sector social con el que nos sentimos comprometidos, me pregunto si es inteligente continuar investigando tecnologías que no llegan a sus destinatarios porque falta un objetivo integral para aplicarlas. Me pregunto si es inteligente seguir ajustando tecnologías para correr, siempre en desventaja, detrás de los ajustes socio-económicos de los gobernantes. Me pregunto si es inteligente dedicarnos solamente a investigar tecnologías. Si por vocación, por aptitudes, por convicción, seguimos investigando, continuamos desarrollando tecnologías orientadas a satisfacer necesidades reales, me pregunto, también, si no deberíamos salir un rato de los laboratorios y buscar otras respuestas al problema de la pobreza, a la tragedia de la exclusión. Me pregunto, y les pregunto.

Hace poco más de un año, en octubre de 2001, estuve en Montevideo. En esa ciudad tuvo lugar el Seminario Internacional sobre Producción Social del Hábitat y Neoliberalismo, donde nos encontramos distintos movimientos sociales, fundamentalmente de pobladores y de técnicos. En ese encuentro, en el que participamos más de 600 delegados, se plantearon con enorme fuerza y claridad las causas que impiden llegar a “una vivienda adecuada para todos” como prometían en sus lenguajes entre diplomáticos e hipócritas los gobiernos reunidos en Estambul: esas causas son políticas y no económicas; esas causas son políticas y no tecnológicas. (Sobran los argumentos para demostrarlo, si bien reiteramos el propósito de no amontonar cifras sino recurrir a las vivencias de cada uno: por lo tanto, me quedo solamente con los tres números citados al principio).

La emergencia y el camino a construir

Ante la emergencia habitacional que vivimos, entre otras emergencias para nada menos graves, no deberíamos quedarnos en la definición expresada por dicho sustantivo, que como todo sustantivo tiene la función pasiva de nombrar. Esta emergencia debe conducirnos al verbo correspondiente, que como todo verbo tiene la función de expresar una acción. En este caso, según el diccionario oficial, el verbo correspondiente, emerger, alude a la posibilidad de salir a flote, de trasformar la dramática situación vigente en un no va más a estas políticas de exclusión, de postergación no ya provisoria sino indefinida, de miseria multiplicada. O sea que deberíamos aprovechar la emergencia para emerger, para dar un salto hacia adelante en nuestro combate diario por políticas diseñadas para crear un hábitat vivible para quienes hoy, habitan mal.

Viniendo de un instituto comprometido con el desarrollo tecnológico, opino, a título personal, que no es desde la ciencia y la técnica que pueden enfrentarse estas graves carencias. La ciencia y la técnica pueden contribuir, pero solamente desde decisiones políticas es posible construir una solución; si estas carencias no son atacadas desde la acción política, sólo se conseguirán remedios parciales. Es más, a esta altura del proceso globalizador, estas decisiones políticas difícilmente puedan ser eficaces si son decisiones de gobiernos nacionales; sabemos que las grandes líneas políticas, hace ya unos cuantos lustros, surgen de instituciones internacionales sumamente poderosas, tanto a nivel continental como mundial. Cómo incidir en ellas, o cómo no depender de ellas, es un gran desafío.

Creemos que hay que cambiar el rumbo y, con el poeta, hacer camino al andar; de continuar por los senderos que vamos se agudizarán las brechas internas entre quienes se refugian en barrios cerrados y quienes sobreviven en asentamientos marginales. Se ampliarán, también, las brechas externas entre los países dominantes y los nuestros. Insistimos: no disminuimos para nada el valor de la investigación tecnológica. Por el contrario, consideramos que es un componente fundamental del desarrollo y, así como aspiramos a políticas de estado integrales en vivienda que puedan servir para solucionar realmente los problemas fundamentales del hábitat, afirmamos la necesidad de políticas de estado integrales en ciencia y tecnología que atienda a las necesidades de avanzar en un camino que nos libere de la dependencia de las naciones desarrolladas. Todo ello en el marco de un nuevo proyecto de desarrollo humano dirigido a las mayorías: incluyente y solidario.

Mi última reflexión entonces, es sostener que para contribuir realmente a solucionar el problema habitacional de los sectores populares en nuestros países no basta con trabajar desde la investigación; creemos necesario fortalecer, además, otros tipos de acciones que impulsen la generación de políticas de estado orientadas, con sabiduría, hacia la atención de ese derecho humano fundamental que es la vivienda. Sin olvidarnos de otros, porque no hay duda que el compromiso humano más allá de la investigación, no puede limitarse a construir el techo: todos los derechos humanos tienen iguales derechos. Tal vez no sea éste el lugar adecuado para decirlo, o tal vez todos lo sean en momentos como éste, pero me parece adecuado preguntarnos si nos sentimos satisfechos con actuar exclusivamente desde el lugar que profesionalmente hemos elegido. Yo, no me quedo tranquilo.

Noviembre 21 de 2002.

(Conferencia dictada por Héctor Uboldi en la inauguración del Seminario organizado en Cuernavaca, México, por la red CYTED)